
EL HOSPITAL DE LAS LLAGAS
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Había planeado este viaje con Victoria y Joseph con años de antelación. Pero, por diversas razones, no habíamos encontrado el momento preciso para coincidir los tres en esta aventura. Éramos amigos desde la infancia, lo que se traducía en más de 20 años de amistad. Nos habíamos conocido en la época del jardín de infancia, en la fría Minneapolis, Minnesota, donde vivíamos. Una ciudad ubicada cerca de la frontera con Canadá, donde el invierno dura nueve meses y el brevísimo verano es tan cálido como una tímida y resfriada primavera.
Tras la muerte de mi hermano mayor ─sucedida en extrañas circunstancias muchos años antes─ mi amistad con Victoria y Joseph se fortaleció. Con el tiempo, los comencé a sentir más como una hermana y un hermano que como simples amigos.
Victoria moría por conocer Londres, la fascinante capital del Reino Unido. Por su parte, Joseph sentía predilección por Ámsterdam, cautivante ciudad del Reino de los Países Bajos. Y yo deseaba visitar la ciudad de Sevilla, lugar en el que nací. De esa hermosa ciudad del Reino de España tenía escasos recuerdos, pues mi familia emigró a los Estados Unidos cuando yo apenas tenía tres años. Desde entonces, mis padres no han querido volverla a visitar. Tampoco deseaban que yo lo hiciera.
Cada vez que mencionaba el tema, era cómo transitar por un terreno problemático, peligroso. Siempre se mostraban evasivos:
─Sofía, te he dicho mil veces que puedes ir a cualquier ciudad de España. Pero, por favor, por amor a Cristo, aléjate de Sevilla...
─Mamá, no entiendo tu ridículo empeño en no visitar la ciudad en que nací. Quiero saber de dónde vengo, mis orígenes, mi cultura. Es importante para mí.
─Cariño, ese lugar solo nos trajo desgracias e infortunios. ¡Te lo suplico, no vayas!
─Solo dices eso, por lo que le pasó a mi hermano.
─Tú no lo entiendes… ─replicó mi padre
─¿Cómo se supone que lo entienda, si no me dicen de qué cuernos se trata?
─Sólo prométeme que no irás, cariño… ─respondió mi padre, mientras veía con preocupación a mamá.
Querían hacerme cambiar de parecer a toda costa. Pero mentalmente me decía: “no, no, no…”. Y si debía mentir para hacerlos sentir bien, lo haría.
─Está bien, no iré. Si eso les complace ─mentí deliberadamente.
Tenía todo listo para mi tour. Hacía poco que había cumplido los 23 años. Tenía un trabajo excelente, pero muy exigente, en el área de Recursos Humanos. Pensaba disfrutar con tranquilidad de unas merecidas vacaciones.
Así que no hice caso a la mala onda de mis padres y, sin tiempo para arrepentirme, me fui de viaje.
Partimos desde el aeropuerto internacional de Saint Paul–Minneapolis con destino a Inglaterra e hicimos una escala en Nueva York. El vuelo tomó 9 horas… que transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos gracias al efecto combinado del Zolpidem y el Tylenol.
Victoria, Joseph y yo bajamos felices del avión. Recogimos los equipajes sin contratiempos y tomamos un Uber hasta el hotel The Londonder, en el centro de la capital inglesa.
Llegamos en horas de la mañana. Luego partimos a conocer el lugar, siguiendo el itinerario que había diseñado Victoria para conocer la ciudad de sus sueños. Estábamos fascinados ante la majestuosidad de las calles londinenses, el Big Ben, la Abadía de Westminster, el London Eye, el Tower Bridge y el vibrante barrio de Canden Town (donde nació mi cantante favorita, la gran Amy Winehouse).
Pasamos tres noches en Londres, deleitándonos en los pubs nocturnos con una fantástica variedad de cervezas artesanales. Las probamos de todo tipo ─pálidas y oscuras; rojizas y ambarinas─ mientras escuchábamos a jóvenes cantantes que interpretaban temas de Kate Perry, Kate Bush y Kate Nash.
Luego, partimos rumbo a Ámsterdam, en tren. En pocas horas llegamos a los Países Bajos. Esta es una de las cosas que me encanta de Europa: puedes recorrer naciones enteras haciendo cortos trayectos. No como en América, donde las distancias son enormes de país en país, e incluso, dentro de los mismos países.
Luego de registrarnos en nuestro hotel, fuimos al famoso Distrito Rojo, siguiendo el plan ideado por mi amigo Joseph. Aún no me creía eso de ver a las prostitutas expuestas en las vitrinas y los burdeles temáticos (tipo spa) para clientes fetichistas. A los prostíbulos no entramos, pero sí frecuentamos los famosos coffee shop. Estos locales suelen tener un cartel verde y blanco en su puerta. Esto indica que son locales legales en los que se puede fumar con seguridad. En ellos puedes catar una amplia variedad de tipos de marihuana, hachís y setas alucinógenas. Los no fumadores, como Victoria, pueden consumir postres e infusiones de cannabis, que tienen efectos terapéuticos.
Visitamos muchos museos (desde la Casa de Rembrandt hasta la Casa de Anna Frank, cuyo Diario me saca lágrimas cada vez que lo releo). Bebíamos cerveza despreocupadamente, mientras recorríamos las viejas calles adoquinadas.
Alucinábamos con el aire de belleza y libertad que se respiraba en Ámsterdam.
Durante dos días, recorrimos en bicicleta la capital neerlandesa y conocimos algunas de sus gemas turísticas. Paseamos por los canales en un barco que incluía un all-you-can-eat de bebidas alcohólicas y quesos holandeses.
Tampoco dejamos pasar la Experiencia Heineken.
Victoria y Joseph estaban felices con sus visitas a Londres y Ámsterdam. Habían superado, con creces, sus expectativas.
Solo faltaba yo. Estaba muy emocionada.
Finalmente, era mi turno. Partimos hacia Sevilla, España, en avión.
Arribamos al Hotel Boutique, Rey Moro, ubicado en el barrio de Santa Cruz, una localidad fascinante y muy popular de Sevilla. Nuestro alojamiento era pintoresco, con una auténtica atmósfera colonial. Este hotel era una casa que databa del siglo XVI y que había sido reformada.
El barrio de Santa Cruz es una linda zona de la ciudad, con estrechas calles adoquinadas y salpicada de plazas con naranjos. La ubicación era privilegiada. Se hallaba cerca de lugares de interés que quería visitar como la Catedral y el Alcázar.
Esa noche cenamos en un popular restaurante que servía platos de cocina tradicional andaluza. Yo cené esa noche un cazón aliñado, cortadito en cubos, que estaba deliciosamente adobado con vinagre, orégano, ajo y sal, envuelto además en harina de garbanzo y frito en aceite de oliva. Victoria optó por un bacalao con salsa de tomate y Joseph se comió unos huevos a la flamenca.
─Entonces, ¿cuál es el plan para estos tres días? ─preguntó Victoria.
─Aquí tengo el itinerario ─anuncié─. Comenzaremos mañana por la Plaza de España, la Torre de Oro y la Catedral. Pasado mañana el Museo de Bellas Artes y los Reales Alcázares. Y el último día deberíamos ir a La Triana, a un espectáculo de flamenco. Porque Sevilla es eso: Flamenco y olé…
─Me encanta el flamenco, Sofí. Podremos comprar unas castañuelas y olé ─replicó Joseph, risueño.
─¡Me uno al plan! ─contestó Victoria, emocionada.
Esa noche reímos, bailamos y disfrutamos de la tertulia, mientras bebíamos una deliciosa sangría.
A la mañana siguiente, con las circunstancias a favor, salimos de paseo. La Plaza de España resultó un lugar majestuoso. Su arquitectura colonial sevillana era esplendorosa. Además, hicimos un paseo en barca. Luego, fuimos a la Torre de Oro. Allí nos tomamos la típica foto que se hacen los turistas desde el Puente de San Telmo.
Después de almorzar, visitamos la Catedral, considerada el mayor templo gótico del mundo y la tercera más grande iglesia del catolicismo. Se alza en el corazón del casco histórico con sus cinco inmensas naves, majestuosos cobertizos y un interior inquietante.
Al entrar nos recibió una mujer con una vibra muy peculiar. Vestía de blanco. Tenía el cabello rubio y los ojos oceánicos. Tenía un aspecto regio, impoluto. Era sumamente atractiva. Tanto así, que al verla me provocó una súbita sensación de deseo. Emanaba un magnetismo sin igual. Algo que jamás me había pasado… al menos con una mujer.
─Bienvenidos a la Catedral de Sevilla. Soy Úrsula. ─dijo presentándose.
─Gracias por su amabilidad. Somos turistas ─respondió Joseph, tímidamente. Tal vez se sintió igual que yo al ver semejante hembra.
─Y yo puedo hacerles una visita guiada a la Catedral ─replicó ella─. ¿Les gustaría?
─Pues, vamos. No se diga más ─respondimos.
Vislumbramos la majestuosidad del interior de la Catedral, mientras Úrsula nos mostraba su interior y nos contaba su historia. Recorrimos con admirada parsimonia la Nave Central, el Trasaltar, la Capilla de la Encarnación, la Capilla de la Virgen Estrella, el Altar de la Magdalena, el Altar de la Asunción...
Eran casi las cuatro de la tarde y quedaba poca gente en la Catedral. Úrsula nos vio fatigados de tanto contemplar imágenes, altares, estatuas.
Entonces, nos preguntó:
─¿Les gustaría subir a la Giralda de la
Catedral? Desde allí se puede ver toda la ciudad de Sevilla…
La Giralda ejerce la función de torre y campanario de la Catedral de Sevilla. Tiene más de 100 metros de altura. Fue construida en su base a imagen y semejanza del alminar de la mezquita Kutubia de Marruecos. La idea nos pareció estupenda. Nos venía bien respirar el aire fresco de las alturas. Además, la idea de contemplar mi ciudad natal de extremo a extremo me llenó de entusiasmo.
Desde el interior de la Catedral de Sevilla está el acceso a la Giralda. Al campanario de la Giralda se sube a través de 35 rampas bastante anchas. Nos sorprendió mucho no encontrar escaleras, ya que la subida a los campanarios suele ser mortal cuando las hay. Úrsula nos explicó que las rampas son lo suficientemente anchas para que se pueda subir al campanario a caballo.
Eufóricos, Victoria, Joseph y yo subimos las rampas. Nuestro viaje estaba resultando mejor de lo que habíamos imaginado. Nuestra amistad ─que más que amistad, era hermandad─ estaba literalmente llegando a su punto más alto.
Llegamos al mirador. Atónita, vi las 24 grandes campanas. Ninguna otra iglesia de España tiene tantas. La vista de Sevilla desde lo alto me dejó sin palabras. El tiempo pareció detenerse. La ciudad era como una postal de dorada belleza, bañada por el resplandor del sol declinante. Lloré emocionada. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de turbación emocional. ¿Por qué papá y mamá se negaban el placer de reencontrarse con sus raíces? Quise comentárselo a mis amigos…. cuando, de pronto, un escalofrío comenzó a recorrer mi cuerpo.
Se apagaron de golpe los sonidos que provenían del exterior: el ruido del viento, el canto de las aves crepusculares, los ecos propios de la urbe… todo cesó en un instante. Y busqué con la mirada a Victoria y a Joseph… pero no los encontré.
Estaba muerta de miedo.
Entonces, Úrsula apareció vestida de monja. Aquella ropa parecía ridícula, artificiosa, fuera de contexto: no era el atuendo de una religiosa moderna, sino de una de tiempos remotos. Su rostro se había vuelto más pálido. Su melena se había tornado rojiza. Y sus ojos ya no eran oceánicos: eran profundamente oscuros.
Úrsula estaba junto a Victoria y Joseph. Pero mi hermana y mi hermano de la vida ya no parecían ellos mismos. Sus rostros estaban desencajados, torcidos en un ángulo antinatural. Estaban palidísimos, como si les hubieran chupado hasta la última gota de sangre. Tenían los ojos en blanco, con los iris vueltos hacia arriba. De sus fosas nasales fluía moco negro. Y flotaban inertes, a cinco centímetros del suelo, como si un titiritero invisible los controlara en aquel estado de gravitación.
─ No tienes idea de hace cuánto te esperaba, querida Sofía ─ dijo Úrsula con voz lúgubre.
─¿Qué quieres de mí, maldita bruja? ─respondí con el último aliento de rebeldía que me quedaba.
─¿Osas llamarme bruja? Se nota que no sabes nada, maldita niñata.
─¿Es que acaso tengo que saber algo? ─inquirí.
─Pues empecemos por el principio, cariño. En 1678, cuando aún era Sor Úrsula, trabajaba para el Hospital de las Llagas de esta ciudad. Puedo decir sin modestia que era una mujer de gran belleza. Era la hija de un noble. Fui obligada a tomar los hábitos cuando me negué a contraer matrimonio con el hombre que había escogido mi padre. En ese tiempo, sobrevino la Gran Peste. Día y noche me dediqué a cuidar a los enfermos. En medio de aquella confusión, tuve un romance con un excelente médico que atendía como podía a los necesitados. Miles de personas morían a diario; más de sesenta mil murieron en aquel año de mierda. Después del verano, todo era un espanto, una desolación, un suspirar de continuo, sin danzas, sin cofradías, sin clero ni reliquias. Al no haber sacerdotes, no había quien administrara los sacramentos a los moribundos. Así que aquel verano morí sin ofrecer la confesión ni recibir los sagrados óleos de. la extremaunción. Morí, por tanto, en estado de pecado mortal. ¿Acaso Dios tomó en cuenta a todos los enfermos que atendí de modo devoto? ¿Acaso tomó en cuenta todo el sacrificio que realicé por el prójimo? Para nada. Sólo era una jodida puta que había roto su maldito voto de castidad. Así que fui sentenciada a morar por la eternidad en el Infierno…
─Siento lo sucedido y me parece injusto el castigo que recibiste ─le dije─. ¿Pero qué tiene que ver eso conmigo y mi familia? ¿Y qué le hiciste a mis amigos?
─En el Infierno no me fue tan mal. Su Alteza, Lucifer, nuestro amo y señor del Inframundo, quedó cautivado por mi belleza. Tras someterme a un largo, violento y lujurioso ritual de iniciación, me convirtió en una Parca, un ser eterno que cosecha almas para su Majestad Satánica. Desde entonces, me encomendó que cada primer sábado del mes, cobre para Él todas las almas que pueda del Hospital de las Llagas de Sevilla… merezcan o no el Infierno. Y tu mamá, querida mía, estaba en labor de parto el sábado 1ero. de enero del año 2000. Tenías una insuficiencia respiratoria. Parecías una presa fácil, mi primera alma del milenio. Pero tu madre, que proviene de una estirpe de brujas llamadas Alewifes, percibió mi presencia e hizo un trato conmigo…
─¿Qué clase de trato?
─Me ofreció el alma de tu hermano a cambio de tu vida.
─¿Y por qué hizo eso? ─dije llorando… y entendiendo por qué mi hermano mayor había fallecido en el Hospital de las Llagas de unas raras convulsiones dos años después de mi nacimiento.
─Porque tu hermano, al ser varón, carecía de tus potencialidades. Tú, en cambio, heredaste los dones mágicos de tu madre. Dones que interesan, en grado sumo, a mi amo Lucifer…
─¿Qué pasará conmigo? ¿Y qué pasará con Victoria y Joseph? ¡Ellos no tienen nada que ver con toda esta locura!
─Con tu madre pacté, en su momento, que jamás te tocaría un cabello… ¡a menos que volvieras a la ciudad de Sevilla! En el resto del mundo no tenía poder ni permiso para cosechar tu alma. Pero en Sevilla, mi amo me ha conferido poderes plenipotenciarios. Así que tú, Sofía, te vienes conmigo. Lucifer en persona te iniciará… de un modo tan largo, tan duro y tan lujurioso como lo fui yo. O quizás más, porque además de bruja, eres muy bella. Consuélate pensando que, al menos, tienes un porvenir. En cambio, tus pobres amiguitos no tienen ningún futuro. Su muerte figurará como suicidio. Y, como bien sabes, los suicidas no merecen el perdón de Dios… se ganan el boleto directo al Infierno cuando cometen el pecado mortal de rechazar la existencia de su implacable Creador… Y como tus amigos tienen poco valor a los ojos de nuestro amo Lucifer, sus almas serán devoradas por los demonios más importantes del Inframundo. Y tras ser digeridos, se convertirán en simples restos de excremento metafísicos.
Mientras emitía una lúgubre e interminable carcajada, Úrsula violentó la reja de seguridad del mirador de la Giralda y arrojó por el aire a Victoria y Joseph. Sus cuerpos dispersos se precipitaron en 80 metros de caída libre y se desplomaron exánimes en el suelo de la urbe sevillana.
Úrsula me arrastra hacia el abismo de las Majestades Satánicas, mientras el lamento de mis amigos muertos aún resuena en mi mente. El aire enrarecido del Inframundo me envuelve, presagio de la sádica iniciación que me espera.
La Parca, con su risa macabra, susurra en mi oído: ─ Sofía, en un tiempo que ya no es tuyo, podría haberte aconsejado que escucharas las palabras sabias de tus padres. Honrar su verdad. Pero ahora, el consejo cae en el abismo del olvido, como tus amigos y tú. Ja, ja, ja...
Mis lágrimas son la única compañía en este descenso sin fin.
Lloro por la eternidad que me aguarda.
Lloro por la brutalidad que se avecina.
Lloro por la soledad que me acompaña.
Grito en silencio, con una boca que ya no tiene voz.
En las sombras del Infierno, me pregunto si alguna vez encontraré redención en este desolado rincón del más allá.






